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El racismo en Panamá visto por Los inocentes

La obra ganadora del Miró es una máquina del tiempo a un suceso histórico que dice mucho de nuestra idiosincrasia.

Los dramaturgos y escritores panameños, conscientes del pasado e igualmente preocupados por el futuro, continúan destilando obras que nos dicen las verdades duras con un poco de humor para crear conciencia. Tal es el caso de Los inocentes,de la actriz, productora, escritora, publicista, directora y locutora Isabel Burgos, la cual le mereció el premio Ricardo Miró del Instituto Nacional de Cultura en la categoría de Teatro para el año 2018. Su montaje de rigor se llevó a cabo en el teatro del cual ella es socia, La Estación en Vía España, con una cartelera del 27 de marzo hasta el 28 de abril.

Tras una recomendación y una invitación pude verla una noche de domingo, y debo admitir que ambas valieron la pena. Los inocentestrata sobre un suceso histórico real, contado a la autora por su suegro que lo vivió en carne propia: en la sucursal del banco Chase de Balboa, en la entonces Zona del Canal, un empleado negro es ascendido a cajero y, en su primer día de trabajo, se crea un escándalo tanto fuera del local como adentro, con los zonians blancos protestando indignantes por semejante faux pas racial, y los colaboradores mestizos del banco sacando en cara sus prejuicios y valores.

El montaje, sencillo y eficiente en su recreación de la sala de un banco, concentra la acción en los cuatro protagonistas. Ellos son los actores de experiencia Augusto Posso (González) y Arturo Wong Sagel (Valderrama), quienes interpretan a los dos cajeros de planta del banco, junto a Luis Williams Morgan (Thomas), quien hace del empleado ascendido en controversia; el elenco se completa por Valerie Troncoso (Señorita Morales) en el rol de la secretaria del jefe estadounidense el banco.

González, Valderrama y la Señorita Morales tienen una sorpresa cuando su superior les indica que, por órdenes superiores, incluso quizás del dueño del banco (un ricachón neoyorkino de apellido Rockefeller), deben incorporar a una persona de color en su servicio al cliente en las cajas. Ellos se sorprenden porque esta acción, en la época de los años sesenta en la que sucedió la historia real, Estados Unidos estaba en su pleno apogeo de la lucha por los derechos civiles y la segregación racial, mientras que la utopía de la Zona del Canal aún vivía en el pasado con sus divisiones de Silver y Gold Roll. La indignación de los zonians, predominantemente blancos y racistas/clasistas, se hace notar con un escándalo a la hora de abrir el banco, mientras que dentro del local los panameños también se chocan contra sus propias contradicciones.

Ciertos prototipos de carácter panameño son personificados en cada uno de los cuatro personajes. Thomas es el afrodescendiente echao’ pa’ ‘lante y educado que siente orgullo y realización ante su nueva posición; Valderrama es el mestizo sensato que se trata bien a todos y le gusta llevar la fiesta en paz; González es el típico hablantín alegre, casi un juega vivo, que es oportunista y flojo, además de poseer un mestizaje más mestizo (valga la redundancia); la Señorita Morales, por su parte, es la criolla de familia acomodada que desea romper con su esquema social (Club Unión, etc.). A todos ellos les causa shock que una persona de color ocupe una posición prominente en el banco, las cuales eran reservadas para personas blancas o mestizas; “¿quién le va a confiar su plata a un negro?” es una pregunta que hace el guion. Mientras los zonians tiran piedras a la puerta del banco y son controlados por sus MP’s (de Military Police), a lo interno los panameños discuten sobre las razas, la sociedad y sus propios prejuicios y motivaciones.

Algunos detalles. Burgos, quien tiene una noción clara del uso del lenguaje, aplica a sus personajes de Valderrama y González un acento de panameño citadino que es muy acertado, mientras que Thomas y Morales poseen un acento más neutro y educado. Este particular detalle, manejado con sutileza, me parece muy pertinente al tema, ya que la diversidad racial del panameño promedio incluye una gran variedad de acentos locales. También es curioso ver cómo los panameños se burlaban de los habitantes de la zona, a quienes percibían como americanos blancos muy cómodos en el trópico con sus casas con aire acondicionado y empleados de color para llevar a cabo sus mandados complicados.

El centro de la obra es el racismo propio del panameño, una ironía en un país tan racialmente diverso como el nuestro. Cuando se menciona la posibilidad de que Thomas sea cajero, Valderrama y González intercambian bromas sobre “el pasado oscuro” del colaborador, su aspecto de “noche estrellada” o “tostada”, haciéndose la pregunta tan importante de “¿trabajarías con un negro?”.

Luego está el hecho de quién habla inglés y quién no. Valderrama y la Señorita Morales hablan bien inglés, el primero por haber sido criado por personas de color y la segunda por su educación, mientras que González “hace el fake” de que lo sabe, pero no, algo que en el fondo le causa inseguridad. Esto último en particular es muy determinante de la idiosincrasia panameña: aunque se dice que el país es casi bilingüe (por lo menos en la capital y debido a la presencia histórica de Estados Unidos), la verdad es que la mayoría de la gente usa palabras y expresiones en inglés que no constituyen un conocimiento pleno del idioma.

“El dólar no tiene color”, es otra frase mencionada, la cual nos ata al concepto aspiracional de la soberanía. En un principio los empleados del banco perciben que el problema del racismo es propio de los estadounidenses o de la zona, pero cuando las verdades salen resulta que la mayoría nacional, representada en el híbrido racial de González, posee los mismos resentimientos hacia los negros, y en una escala descendente, hacia los indígenas y las mujeres. Entre eso y la fumadera en todos lados, vemos que solo ciertas cosas han cambiado en la sociedad actual.

A nivel actoral, Wong Sagel destaca como siempre, haciendo de viejo bonachón al estilo de los señores de antes; Posso sorprende cuando su personaje pasa de chistoso a cae mal; Williams Morgan, con un aplomo natural, le aporta la decencia que el personaje requiere; y Troncoso, a quien estamos acostumbrados a ver cantar y bailar como ninguna otra en escena, aquí fortalece su parte dramática con un rol más serio y, de cierta manera, maduro. Hay un montaje musical muy cómico, totalmente inesperado, pero que encaja con la onda histórica de los años sesenta.

El final tiene un giro o plot twist que no sucedió en la vida real, pero que curiosamente sí sería más factible en la contemporaneidad. Y no es precisamente el amor lo que vence todo…

PD: Los fanáticos de la historia querrán saber que la sucursal de este banco es el actual Banistmo de Balboa, junto al antiguo 24 horas, y que los vestidos de Troncoso eran todos vintage de la época.

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