Hubo un extraño momento a mediados de la década de 1980 en el que mi padre se dejó un bigote. Se veía moderno, interesante, quizás un poco pícaro, pero en el fondo sabía que ese no era él. Si ahora le digo que se deje toda la barba, con eso de que están de moda y de que, dependiendo de la edad, te hacen ver respetable y sabio, pues creo que me mandaría al carajo porque le daría pereza el tener que andar lidiando con tanto pelambre, primero, y segundo porque una barba blanca en un señor mayor de contextura gruesa es sinónimo de Santa. 

Aunque el bigote de Tom Selleck en la serie de los 80 Magnum P.I. impuso una moda en esta década, los mostachos regresaron apenas hace unos años, pero solo para unos cuantos...

Claro que los hombres que usan su barba larga y frondosa en la actualidad están pensando más en Rasputín que en San Nicolás. La única razón que me hace entender que esta moda ha regresado, siglos después de que el caballero ha ido desarrollando su estilo personal para concluir que el vello facial, en extremo, puede ser visto como falto de higiene o desidia personal, es la coordinada desfachatez del estilo aleatorio de vestir de los jóvenes de hoy, millenials para quienes un pantalón holgado tipo árabe a la M. C. Hammer combina bien con una zapatillas de basketball, una camiseta de surf sin magnas, una gorra y un corte de pelo que llevaría un agente de la C.I.A. en 1963. Vestirse así está bien, sea con ironía o no, y la barba es como el nuevo depilado del metrosexual.

De la colección primavera-verano 2015 de Yoshio Kubo.

Lo que me asombra de esta nueva tendencia es que haya durado tanto y penetrado a la masa más allá de los hispters: he visto abogados, empresarios y gente más “seria” adoptando este look, al que años atrás le hubieran hecho una cara fea aludiendo que esas tonterías eran para artistas, motociclistas, indigentes o terroristas. 

Machos casuales

Pues sí, los barbudos de hoy aparecen en publicidades de ropa de diseñador y son hombres que, independientemente de su orientación sexual, poseen una clara noción de su autoimagen y estilo propio. Dejarse barba es un compromiso de tiempo y cuidado, equivalente masculino a un permanente o un alisado que requiere de constante atención. Primero hay que dejarla crecer, algo que puede tomar meses; luego debes aprender a cuidarla y conseguir el equipo para hacerlo, lo cual incluye maquinitas para rasurar, tijeras y bálsamos de hierbas para mantenerla humectada y limpia. Si ves a un tipo de traje casual con el pelo largo bien recogido en una cola amarrada y una barba de varios centímetros de largo, ten por seguro que ese hombre toma tanto como tu mujer en salir de casa todas las mañanas.

La magia de la barba es que cambia tu percepción de ti mismo. Con ella puedes afinar detalles de tus facciones, como resaltar ojos, labios y ocultar papadas, y existe un tipo de orgullo primordial de macho el sentir que la persona detrás de esta máscara capilar eres tu. Pero una vez que te la rasuras toda te sientes como un bebé, suave pero expuesto, quizás un poco infantil, y cual Sansón tu poderío puede menguar. Conozco personas que ni por dinero se rasurarían la barba a la cual ya se han acostumbrado, temerosos a ser reconocidos “sin pelos en la cara”, parafraseando sobre esta vieja expresión de honestidad. En este sentido, una barba cuidada es tan buena para el autoestima como un par de implantes de mama en una chica de copa A.

Yo uso barba desde hace casi 10 años: primero un candado y luego, al decidir rasurarme la cabeza de manera permanente, una más larga que cubre parte de mis cachetes y cuello. A pesar de tener la costumbre yo no puedo dejármela al largo que los hombres de hoy estilan, ya que además de tener que mantener mi coco presentable me comienzo a desesperar y a sentir sucio si la dejo crecer más del límite que me sienta cómodo. Uno también considera a su pareja, la cual admite que uno se ve mejor con barba en vez de sin ella y a quien, dependiendo de las circunstancias románticas, le hago la cortesía de mantenerla de un largo que se le haga cómoda. Vale decir que cuando nuestra relación se estaba enseriando me rasuré por completo y le caí por sorpresa diciendo, “¡Este soy yo!”, para que de antemano conociera mi verdadera identidad.

Mi calendario de frases irónicas apoya la tesis de este escrito. 

Para aplicar un término contemporáneo, yo no creo que esta moda de barbas largas sea sostenible. Aprendamos la lección de los bigotes: ciertos tipos de vello facial pueden verse bien al principio, pero al rato resultan necios y extravagantes. 

Publicado en revista Caras Centroamérica, edición marzo 2016. 

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