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Una noche en el Capri

Recordando cuando SoHo Panamá nos mostró la vida y trabajo en un burdel local.

A las 10:35 p.m. de un día quincena, la noche en el Capri Night Club apenas comienza a ponerse caliente. Aunque el turno de las chicas inicia a las cinco de la tarde, los clientes comienzan a hacerse presentes ya entrada la noche, y a pesar de ser un jueves, es bien sabido que los días de pago en Panamá alborotan a la gente que con plata en los bolsillos quiere tomarse unos tragos, relajarse, y en este caso, tener la opción de echarse una “subidita” al cielo, sin importar que les den las tres de la mañana en el intento.

Los tipos

Poco a poco las mesas se van llenando de hombres que piden pintas nacionales a $3.50 (con maní de cortesía), botellas de ron, de vodka y cerveza en jarras de plástico, todas servidas por meseros vestidos con el disfraz que homenajea a Colombia cada jueves: sombrero pintado y un poncho con los colores de la bandera colombiana y el logo de una marca de aguardiente, un gesto pensado con el fin de hacer sentir al staff femenino del lugar, que es 100% colombiano, un poco como en casa. Los clientes, término técnico que bien se aplica en este entorno profesional, podrían ser cualquier hijo de vecino con sus camisas de cuadritos, jerseys de equipos de fútbol y gorras, algunos hasta en shorts y chancletas; aunque estoy seguro que un sociólogo que quisiese hacer un estudio sobre la clientela de los prostíbulos ubicados en las aristas de Vía España a la altura de Río Abajo, como el caso del Capri, dirían que sus usuarios pertenecen a la clase media o media baja. Después de todo, este establecimiento no es tan exclusivo como aquellos ubicados en el Área Bancaria, frecuentados por personas más pudientes, ni tan popular como los que el arrecho podría encontrar en los alrededores del antiguo mercado de abastos en San Felipe, donde los obreros todavía se están quitando el cemento de encima mientras toman cervezas a precios considerablemente más económicos.

Aquellos que están en grupos conversan amenamente, ríen, gesticulan y piden ronda tras ronda mientras se babean al ver a las chicas menearse en el escenario durante sus presentaciones de baile erótico. Cuando el Dj con su voz de animador de fiesta de patio hace el anuncio de “¡Conserve su boleto para la tómbola, donde estaremos regalando un premio sorpresa!”, el cual puede ser una botella de guaro o un “tiempo” la mujer de su elección, todos paran en seco para revisar sus comprobantes que por $3.00 no consumibles les permitieron el acceso a este lugar. Los tipos que están solitarios se concentran en los deportes transmitidos sin volumen en algunas de las pantallas planas alrededor del local, otros hasta cabecean de sueño. Muchos pertenecen a la categoría de cliente frecuente, y saludan con cariño y familiaridad a su chica o chicas (no hay razón para limitarse aquí) favoritas, diciéndoles frases cariñosas al oído y hasta invitándolas a compartir un rato en su mesa, anuentes a que los tragos que les inviten cuestan el doble y que la chica puede pedirle disculpas y retirarse para atender a otro cliente que la solicite. Los hombres en el Capri son sorprendentemente atentos y compresivos en lo que se refiere al trabajo de sus sexo-servidoras…

No se necesita una razón para justificar el denominado oficio más antiguo del mundo, pero algunos clientes satisfechos reconocen que a pesar de tener novias y esposas frecuentan eventualmente el Capri para, como se decía antes, “echarse una canita al aire”, o para darle un toque de picante (con sazón colombiana) a su vida sexual. “Las manes acá están súper ricas, y hacen todo lo que quieras sin joderte la paciencia”, afirma “Juan”, un chico de veintitantos con pinta de universitario y un par de cervezas encima. “Yo no vengo disque todo el tiempo, pero cuando llego me desboco”, comenta con una risa pícara y ojos rojos. Otro cliente, más esquivo pero menos borracho, señala: “Uno viene acá pa’ relajarse y ver los culitos, tu sae’, antes de irse a la casa con lo suyo. Las colombianas son todas diferentes a las panameñas, te hablan bonito y tienen esos tetones y culones de cirugía, y uno no hace mal cuando las viene a chequear acá un ratito después del trabajo”. Efectivamente, por idiosincrasia y apariencia, las colombianas difieren de las panameñas tanto en trato como en look, cualidades ventajosas que en conjunto con necesidades económicas más urgentes posiblemente han contribuido a que ellas dominen el creciente mercado de la prostitución en Panamá, en aproximadamente un 80%, dejando el resto a las dominicanas y a las locales.

El lugar

En lo que a lupanares panameños se refiere, el Capri es un clásico. Al igual que La Gruta Azul, La Gloria o La Bocatoreña, tiene más de 40 años atendiendo a hombres calientes en el mismo establecimiento, el cual fue notablemente renovado en los últimos años para darle una apariencia más elegante, moderna y propia de un “night club” del siglo XXI, borrando cualquier vestigio de burdel de antaño. La entrada, con unas cuántas escaleras en semicírculo, está decorada con mosaicos de piedra tallada y grandes jarrones con plantas tropicales que uno se imaginaría adornando la casa de playa de un nuevo rico. Al atravesar la puerta de metal que lleva al club, el cliente es invadido por una iluminación azulada que en otros casos parecería fría, pero que en este contexto ofrece tanto sensualidad como discreción. Existen dos áreas de mesas y sillas para sentarse, una ubicada entre el enorme escenario (que muy adecuadamente cuenta con dos tubos de metal para el ahora famoso pole dancing) y la barra, y otra más atrás, cerca de la entrada a los baños y a los cuartos, donde hay butacas amplias y espacios oscuros para conversaciones más privadas. En toda el área se siguió el consejo básico de los decoradores de colocar espejos en las paredes para ampliar el espacio, y a pesar de la luz tenue que invade el área, se puede apreciar que la paleta de color de los interiores es lila.

José, un moreno de edad imperceptible ataviado con guayabera y boina de color blanco, es uno de los supervisores, con 28 años de servicios para la empresa, y señala que El Capri tiene capacidad para un poco más de 200 personas. Los días más pesados son los viernes y sábados. En este jueves de quincena, y ya llegando a la media noche, el lugar se siente lleno pero no atascado. El supervisor, que al principio me mira de reojo, pero que una vez enterado de la autorización por parte de la gerencia para que SoHo hiciera esta crónica se relaja, también me informa que los borrachos y buscapleitos nunca faltan y que los mismos amablemente son escoltados fuera de las instalaciones. Cabe destacar que oficiales de la Policía Nacional hacen revisiones de rutina casi cada hora, entrando a dar una ojeada rápida para ver que todo esté Ok; algunos salen con vasitos de plástico que seguramente tienen soda de cortesía.

El Capri cuenta con un coreógrafo de planta, Arturo, que durante 7 años ha asistido a las chicas en sus bailes de rutina y otros más especiales, como en los que disfrazan de enfermeras, empleadas o monjas, aludiendo a las fantasías básicas del tipo promedio. Arturo también asiste en la ambientación del lugar, la cual cambia según el mes, y que en esta noche de octubre sigue la temática del halloween, con papel maché negro y morado alrededor del bar y calaveritas encapuchadas colgando por doquier. Las fiestas más grandes se dan en febrero, mes en el que se escoge a la reina del carnaval del Capri, y en junio, cuando se celebra el mes de Colombia con bailes típicos como cumbias, el san juanero y el mapalé. Las chicas no son bailarinas profesionales, pero su empeño y espíritu competitivo hace más fácil el trabajo del coreógrafo. Arturo me cuenta todo esto en el camerino a ubicado un costado del escenario, uno de los espacios más privados del local, en el que zapatos, sombreros de colores, bolsas de plástico con ropa, maquillajes, cremas y demás elementos propios de un espacio tras bambalinas yacen por todos lados mientras cuerpos desnudos se alistan frente al espejo, un aroma incienso merodeando por el aire, y una televisión proyecta telenovelas mexicanas a todo volumen.

La Caleña es el nombre del restaurante-fonda in house que ofrece desayunos, almuerzos, cenas y snacks desde las 10 de la mañana hasta las 3 de la madrugada a las chicas, empleados del local y a los clientes que quieran matar la borrachera. Sirven emparedados, pollo frito, papas, hamburguesas, arepas, empanadas y chorizos, al igual que comidas más completas durante las mañanas. También aquí se puede comprar jugos, yogures, galletas, pasteles, papitas, café, dulces y demás antojitos. La renovación también les tocó, y el espacio tiene una onda tipo cafetería de los ’50 con butacas y bancos azules con aros de cromo. Curiosamente, mientras chequeo el lugar una rubia de nariz respingada y enormes y torneadas nalgas (propias) llamada Marcela delicadamente come uvas congeladas como bocadillo de media noche, me recomienda un restaurante colombiano muy bueno, y me cuenta que su platillo favorito de La Caleña son los almuerzos con carne, arroz y porotos; minutos más tarde la veo recoger sensualmente con la mano unos dólares de propina de la boca de un cliente acostado sobre el escenario mientras ella hace su striptease. No se quita el panty al encuerarse.

Solo como registro, y para aquellos que lo desconozcan, a continuación describo el procedimiento para obtener el “servicio completo” en el Capri. Pagas en la entrada, un policía te revisa, toma el comprobante de tu boleto para la tómbola, y entras. Una vez sentado en un lugar de tu comodidad, y con tu bebida favorita recién servida, ojeas la mercancía. Si haces contacto visual con una chica, ella tal vez te haga ojitos y con una mueca te invite a “subir”, el término usado para cuando vas a tener relaciones a su cuarto, pero si esa no es la que te gusta, no le haces caso; cuando ya sabes la que quieres, puedes decirle que venga o dirigirte hacia ella y comentarle lo que quieres. Entonces los dos pasan la caseta en el área donde comienzan los cuartos, pagas por tu tiempo (¡aceptan tarjetas!) a la cajera, la chica recibe la llave y un par de condones, y se dirigen a su habitación; al llegar, ella le lava con agua y jabón el pene al cliente en su lavamanos, lo seca con papel toalla, y le dice que se acueste en la cama, donde le pone el condón y le ofrece sexo oral. Después pasa lo que ha de pasar como gustes que pase, hasta que suena un teléfono avisando que el tiempo ha terminado (aún si el cliente todavía no lo ha hecho), y entonces se tiene la opción de pagar más y seguir o dar por acabado el acto. Antes de salir del cuarto, el hombre puede volverse a lavar y dejar una propina. Un tiempo de 15 minutos cuesta $20.00. Dos tiempos de media hora, $40.00. Una hora, $80.00. Dos chicas al mismo tiempo, $160.00. Echarse un polvo sin compromisos con una profesional que sabe como satisfacer a un hombre… no tiene precio.

Las chicas

“Jimena” sale al escenario vestida con una minifalda y una camisita profundamente escotada de color negro, ambas con bordados en dorado y blanco, con lo que supuestamente es un disfraz de marinerita, pero oscuro en vez de blanco. No usa el sombrerito porque le pica y entorpece sus movimientos. Muy sensualmente, y al ritmo de un house de tercera, baja al área de las mesas y comienza a menearse entre los espectadores; sin perder el paso elige a uno, en este caso un gordito alto con cara de despistado, y de la mano lo va llevando hasta el escenario, donde lo hace sentarse en una silla. Entonces procede a darle lo que hoy se conoce como un lap dance, o baile de regazo, el cual consiste en menearse y crear fricción con su cuerpo en el del cliente, usando sus nalgas y sus pechos, y concentrándose en el área de su rostro y su entrepierna. Encima del tipo y de espaldas al público, pone sus pies sobre los hombros del cliente sosteniendo su equilibrio con uno de los tubos metálicos, y procede a bajar y subir lentamente, meneándole lo suyo en la cara, y luego baja con cuidado, se da la vuelta, se sienta sobre el y mira al público mientras sus caderas se mueven más apresuradamente. El man solo puede tocarle las nalgas y la cintura, y notando su asombro, el Dj interviene comentando “¡Está sorprendido!”, a lo cual los amigos del cliente responden “¡Tienes que subir!”. La música termina, ella le da un beso, le susurra algo al oído, y él regresa a su puesto con una mueca de asombro y gusto. Cuando ella sale del camerino lo busca, se encaminan hacia a su cuarto y pasando lo que mi reloj cuenta como dos tiempos, el Capri ha producido otro cliente satisfecho que sale del área de los cuartos con una expresión sedada propia del post orgasmo.

No todas las chicas bailan, pero las que sí lo hacen se venden mejor y ganan más.

Cuando la mayoría de las chicas, con una sonrisa penosa o mirada de cabreo, se rehúsan a comentar para SoHo sobre su trabajo en este night club, Jimena lo hace con la más absoluta franqueza y sencillez. Nacida en Pereira, ella es de estatura mediana, tiene cabello largo ondulado castaño claro con rayos dorados, tez blanca, ojos cafés, una sonrisa tímida decorada con bracketts de ortodoncia, una pequeña cintura, dos enormes pechos quirúrgicamente aumentados y un trasero tan redondo y simétrico que parece moldeado a mano. No parece tener más de 30 años. Esta es la quinta vez que viene a Panamá para trabajar en este negocio, y antes probó suerte en lugares más exóticos como Aruba y Curasao. El dato le llegó por una amiga que ya había probado las aguas. Sus padres no saben en realidad lo que está haciendo en Panamá, y su mentira blanca para justificar su salida del país decirles que trabaja en un casino. Tiene un hijo de 10 años que vive con ellos, y a pesar de estar separada del padre, afirma que él procura también por el bienestar del pequeño. Su principal motivación para elegir esta aventura laboral es conseguir más dinero, sobre todo en dólares, para mantener a su hijo y ayudar a sus papás. En una semana promedio en el Capri puede hacer alrededor de $1.500, de los cuales el 50% va para el local y el resto para ella, dejándole unos $700 como ganancia neta. Sin vacilar confirma que ha invertido más de $10.000 en cirugías de busto, liposucción, nalgas y dientes, más de lo que cuesta un automóvil compacto en la economía actual.

Los bailes en el escenario son algo extra, cada chica recibe $5 por cada uno, haciendo un aproximado de tres por noche, y los mismos son usados como una herramienta de mercadeo para conseguir más subidas. La que baila debe también alternar con el cliente, y así lo demostró Jimena con el ejemplo antes mencionado. ¿No le cansa el tener que bailar y coger? “Es como todo, uno se acostumbra y está en forma”, me dice sin complicación. ¿Qué tal son los panameños como clientes? “Los panameños están bien y siempre son amables, pero hay de todo”, afirma. Otra cosa que me llama la atención es esto de que el cliente puede pedir el tener a dos chicas al mismo tiempo; Jimena me cuenta que en estos casos las dos suben con el cliente y el puede pedirles que se toquen mientras él se masturba, o puede tener sexo con una mientras la otra ve, y todo se maneja con el mayor profesionalismo posible, ya que enfáticamente me dice “¡No me gustan las mujeres!”.

“Lucía”, que lleva 3 meses en el Capri, es una caleña de larga melena negra que trabajó en una perfumería antes de entusiasmarse por la promesa económica que ofrece la prostitución en Panamá. Ya había trabajado previamente en otro club local, el Miami, en el que según sus palabras “se mueve más plata porque tiene mejores clientes”, lo cual deja claro que para estas migrantes lo que importa no es tanto el ambiente del lugar, su comodidad, ni la raza o trato del cliente, sino el dinero que pueden ganar. El dinero rápido, más bien. “Sandra”, también de Cali, tuvo una experiencia parecida. Estuvo en Panamá hace varios años trabajando para otro local, La Gloria, que siguiendo los parámetros de su colega y paisana mueve todavía menos dinero y clientes que el Capri, y después de una temporada se regresó a Colombia. Trató de regresar a sus estudios, hacer otras cosas, pero el deseo de lograr sus sueños con la ayuda del bendito dólar pesó más y regresó hace 7 meses.

Esta dinámica es común, que las chicas vengan, trabajen una temporada en un club, regresen a su tierra, y luego vuelvan a probar suerte en un local mejor. Otra sexo-servidora, que recién había llegado a Panamá y al Capri un día antes de que la entrevistara, me cuenta un poco sobre las legalidades migratorias del asunto. Si eres nueva, entras al país con una visa de turista. Visitas los diferentes clubs, los gerentes te entrevistan, te cuentan su forma de trabajo, pagos y demás, y entonces escoges el que te de buena espina. Si el local, después de haber pasado un periodo de prueba, decide contratarte, entonces ellos se encargan de legalizar su estatus en el país y le brindan la posibilidad de quedarse más tiempo y hacer más dinero. Mientras me habla, veo en sus ojos un dejo de miedo y ansiedad; a pesar de haber llegado y estar acompañada con una amiga, la cual cuenta con más experiencia que ella en el negocio, su aprensión es notable y es la única que repara con curiosidad al periodista que anda tomando notas en medio de toda la desnudez y sexo. Ella ni siquiera se ha podido tomar las medidas para los uniformes del Capri (son 6 conjuntos de pantys y brassieres de diferentes colores y formas), factor que la hace resaltar todavía más del resto.

Las empleadas del Capri duermen en el mismo lugar en el que ejercen su oficio. El edificio de una planta está acondicionado con pequeños cuartos interconectados por una red de pasillos y patios internos techados, que con la reciente restauración crean la impresión de ser un motel bien más o menos decente. Las paredes son color crema, hay algunos cuadros genéricos (paisajes, flores) que las adornan, y todo el perímetro está monitoreado por cámaras de circuito cerrado. Todos los cuartos tienen aire acondicionado y baño propio.

La entrevistada tenía un cuarto bonito y hasta una laptop. El cesto del baño estaba lleno de bolitas de papel higiénico.

Jimena nos invitó a su habitación, que a pesar de haber sido usada unos minutos antes con el gordito del lap dance, luce inmaculada y huele bien. Las paredes son rosadas, cortesía de la inquilina anterior, y un póster de las muñequitas Bratz adorna la pared junto a la cama, que está bien tendida y cubierta por un sobre cama anaranjado con flores. En la mesita de noche veo cremas, perfumes, maquillajes, lubricantes y condones. En el baño, aparte de los implementos de limpieza usuales, hay un bote de basura lleno hasta el tope con bolas de papel toalla y empaques abiertos de preservativos. Una pequeña grabadora reproduce pop en español, y Jimena dice que siempre la tiene prendida porque le gusta y le hace más llevadera la faena. También tiene una de esas mini laptops nuevas color rosa, que le costó $500, y con la cual chatea y revisa sus emails cuando el Internet del lugar está funcionando bien. No veo fotos de su hijo ni de su familia por ningún lado, algo que me cuenta que otras colegas sí muestran en sus aposentos sin que les cree un conflicto existencial.

Datos curiosos

  • A los gorditos les gusta con la luz tenue para que no les de tanta pena.
  • Los chinos son limpios, no les gusta el juego previo y van directo al grano.
  • El sexo anal cuesta extra y es algo que arreglas bajo las cuerdas con la chica si es que está dispuesta. En colombiano es “darle por el chiquito”.
  • Existe la política de “no besar en la boca”, pero la que dice que no lo ha hecho nunca está mintiendo.
  • Por supuesto que hay clientes con gustos particulares que son atendidos según la paciencia de la chica. Jimena cuenta de un tipo que le gusta que le peguen, con lo que sea (correas, zapatos, la mano), y mientras más fuerte y más marcas le dejen en la piel mejor.
  • No todos dejan propina, pero si eres buena, en una semana puedes hacer más de $100 adicionales.
  • Las chicas tienen prohibido tomar cerveza porque engorda, así que se conforman con licor o con un suave vodka con jugo de cranberry, trago que nuestra Jimena bebe en una copa de vino.
  • Algunas consumen drogas que reciben de sus clientes, principalmente coca, pero deben hacerlo con cuidado porque ya existe el precedente de redadas de la policía en las que han encontrado mercancía en los cuartos y han tenido que expulsar a la empleada. Jimena cuenta de un cliente que, arrancado en pichi, estuvo cinco horas con una chica.

El coreógrafo es parte importante del show... y las cirugías plásticas también.

El día después

Como a eso de las 3:50 a.m. del viernes las luces amarillas del escenario y sobre el área principal de mesas se encienden, y el Dj anuncia que la noche ha finalizado. Si un cliente está siendo atendido en un cuarto, se espera a que termine su tiempo pagado. Antes de que las chicas se puedan dormir, un encargado de seguridad revisa cada habitación para confirmar que no haya clientes escondidos o propiedad del bar en ellos, como vasos vidrio, lo cual implica una multa de hasta $50.

La mayoría de las trabajadoras sexuales del Capri duerme hasta pasado el medio día. Durante la tarde, las que bailan, ensayan sus coreografías con Arturo. Algunas también posan para fotos de www.carpiclubpanama.com, donde el coreógrafo asiste como maquillista. Otras aprovechan para lavar su ropa y sus sábanas en la lavandería del local o en una cercana, ya que eso es enteramente su responsabilidad. Ojo, ¡el lubricante mancha! Una vez a la semana todas sacan tiempo para ir a una clínica a hacerse un chequeo médico, que por $5 incluye pruebas de VIH, embarazo y otras enfermedades de transmisión sexual.

La primera edición de SoHo Panamá estuvo llena de críticas de la sociedad conservadora del país, gracias a contenidos sobre vicios, burdeles y odios a la hoy santa Madre Teresa.

Todas tienen un día libre a la semana, el cual pueden aprovechar como gusten. Muchas van de compras y aprovechan la bonanza del shopping en Panamá. Jimena la pasa con su novio, un panameño que conoció como cliente y con el que va al cine, a la playa, a cenar y a hacer cualquier otra cosa. Con él sí disfruta el sexo. Sandra, la única morena residente del Capri y una de las pocas que no tiene cirugías (porque no las necesita), duerme todo el día y sueña con regresar a Colombia, construir su propia casa, y estudiar diseño de modas en la escuela del diseñador colombiano Hernán Zájar, reconocido por vestir a todas las reinas de belleza de su país.

Publicado en la primera edición de la hoy extinta SoHo Panamá bajo el título "Tras bambalinas en un burdel". Noviembre 2009.

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