Allí están. Vistos desde la pantalla chica lucen como se les apoda, como estrellas, bellos, talentosos y exitosos. Nosotros, los terrestres comunes, nos aguantamos cuatro horas de humor americano para verlos ganar y perder, cada quién apostándole a su favorito en esta carrera de caballos humana rebosante de lujo y atracción. Estos son los premios Óscar.

Si televisaran la entrega de los premios Nóbel, que incluye una cena de gala en un palacio europeo con aristócratas y las mejores mentes productivas del planeta, no creo que tuviera tanto rating como los Óscars, y esto solo basado en el vestuario. Los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos son un evento cultural y televisivo que cautiva a millones de espectadores alrededor del mundo; es una fecha dominical en el mes de febrero que muchos hasta separan en su agenda, de manera que puedan verla y tener conversación para el resto de la semana: “¿Viste el discurso de fulanito? Se pasó haciendo ese comentario sobre…” “¿Te diste cuenta cuando zutanita se cayó? ¡Qué pena por la pobre!” “¡Que adorable ese actor agradeciendo a su esposa!” “¡Me alegro que esa fula no haya ganado!”

Uno siente cierta intimidad, inclusive hasta complicidad, con los actores de las películas porque estamos acostumbrados a verlos desde múltiples ángulos, proyectando todo tipo de emociones. Algunos de sus roles tal vez nos tocaron personalmente. Sentimos que los conocemos porque, si son de larga trayectoria, los hemos visto por costumbre y afición, y si son noveles, nos emociona el ver a gente joven y guapa en contrapunto a los ya no tan jóvenes (pero aún atractivos). Comento esta aparente superficialidad porque, por más cinéfilos que seamos, por cuestiones de logística las películas que están concursando generalmente no han llegado a la región latina al momento de la transmisión del show, y terminamos apoyando a x o y basándonos en si nos gustan o si los conocemos de cintas previas.  

Detalles que humanizan

Antes, cuando era más ingenuo a cómo funciona el mundo, disfrutaba con más emoción la transmisión de los Óscar. Ahora que entiendo un poco mejor como son las cosas en realidad, pues ya me lo tomo más a la ligera. Recuerdo un ex embajador de Estados Unidos en Panamá que organizó un verdadero “Oscar Party” en su residencia privada, con alfombra roja, traje de gala, champaña y pantallas gigantes; me invitó y asistí con gusto, tan solo para ver quién iba y cómo vivían sus fantasías de Hollywood; salí pensando que en esa noche, y de cierta forma, aquellos amantes del glamour pueden sentirse como actores y compartir esa experiencia.

La moda es algo que siempre ha traído un interés adicional a los Óscar. Se hace tanto énfasis en lo que visten los asistentes, sean hombres o mujeres, que a veces es como ver un desfile de modas de tres horas en todos esos pre shows en los que entrevistan a los actores mientas llegan al recinto. Qué películas y actores ganaron es tan noticioso como lo que vistieron, y acepto que esto es parte del show. Otro punto es el de las traducciones. Para de verdad apreciar este espectáculo en toda su gloria se requiere saber inglés y tener un canal de cable que haga la transmisión sin doblaje, ya que las bromas son tan detalladas y los traductores tan torpes que algo siempre termina perdiéndose.

Lo que en pienso que representa el mayor atractivo de este magno evento internacional de las artes cinematográficas es que, en ese momento en el cual están por decir quién va a ganar y vemos a las caras de nervios de los nominados, sabemos que ellos en realidad son personas de carne y hueso. Cuando suben al escenario a dar sus discursos de agradecimiento, a pesar de su buena genética y millonaria indumentaria, se proyectan como personas con emociones reales: esas lágrimas de alegría por lo general son honestas, al igual que esa sensación de logro y felicidad por un trabajo que ha sido reconocido. Para ellos, el vestirse y aguantarse el espectáculo es parte del trabajo, y están conscientes de que tener ese premio, o que su nombre sea asociado con él para siempre, es un mérito bien ganado y una etiqueta con la cual podrán venderse bien por el resto de su carrera.

Vale recordar que esta premiación es el cierre de una temporada de awards, que incluye los Golden Globes, los BAFTA de Inglaterra y otras premiaciones que usualmente no son televisadas. Yo solo me quedo con una empática comprensión por los actores, que tienen que aguantarse ese circo mediático y emocional más de una vez.

Publicado en Revista Caras Centroamérica, edición febrero 2016. 
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