Un nuevo y revelador documental explora el origen de este género musical y sus conexiones con el istmo.
Todos estamos claros el aporte de Panamá al deporte. En el béisbol y en el boxeo todos conocemos a Mariano, a Rod, a Durán, a Panamá Al Brown y a muchos otros que han dejado su marca histórica. Son reconocidos mundialmente y exaltados como embajadores del país, mostrando nuestras capacidades en un escenario global.
En la modernidad apreciamos al jazz a nivel local gracias a otro exponente panameño que ha ganado una reputación global, Danilo Pérez, ganador de Grammys y fundador del Panamá Jazz Festival, un eventual anual y veraniego que se ha convertido en una actividad de gran asistencia y aprecio cultural.
Sin embargo, y gracias al trabajo de varios panameños comprometidos con el tema, en años recientes se han develado datos e información que confirma que músicos panameños de origen afroantillano de la provincia de Bocas del Toro tuvieron un rol clave en la creación y desarrollo de uno de los géneros más elevados de la música.
Soñar el Jazz es el más reciente documental del cineasta panameño Luis Romero (El último soldado, Sucedio en enero). El largometraje fue pre-estrenado recientemente en el Museo del Canal Interoceánico, y los pocos que pudimos verlo salimos de la sala conmovidos, sorprendidos e inspirados por la rica historia, hasta ahora inédita, que refleja nuestra diversidad cultural y talento nato.
Orgullosamente negros
La obra de Romero es un documental sobre la música que trasciende a esta expresión artística, creando un registro histórico contundente donde las raíces negras de la población panameña son señaladas y exaltadas. Recopilando cientos de imágenes y pietaje de archivo, junto con entrevistas a escritores, investigadores y músicos, se traza una narrativa que va desde la primera presencia negra en Panamá, traída por la época colonial en la era de la esclavitud, hasta la contemporaneidad donde el legado de esta importante comunidad se mantiene vivo contra viento y marea.
Bocas del Toro y Colón, su gente y sus espacios, ocupan un lugar determinante en esta historia. La llegada de negros antillanos para la construcción del ferrocarril y luego del canal trajo consigo la llegada de sus respectivas iglesias y congregaciones cristianas, para las cuales la música es un elemento clave para atraer a sus feligreses y realizar sus ritos. Estas personas de Jamaica, Barbados y demás islas eran personas trabajadoras, orgullosas y decentes, una visión objetiva que contrasta con el prejuicio que sufrieron de ser gente floja, poco educada y no panameña solo por su cultura de habla inglesa o francesa.
Después de la construcción del canal estas personas, los miles que de verdad cavaron la zanja y murieron en el acto, no se asimilaron tanto a la población y fueron estigmatizados por la sociedad en general. Sus asentamientos en la costa atlántica los mantuvo separados del resto, salvo en nichos como Río Abajo y otros barrios de la capital donde lograron establecer sus comunidades fuera de la zona del canal. Se les limitaba la educación, se les restringía en las opciones laborales y ciudadanas, lo cual hizo que se concentraran en su mera subsistencia y en mantener su cultura, la cual siempre estuvo atada a la religión y a la música.
Romero recorre las calles de Bastimentos y Colón mostrando espacios y lugares históricos junto al mar que, al igual que otros sitios dignos de apreciación histórica, cultural y turística en el país, han quedado rezagados y descuidados por la desidia general, motivada por un racismo endémico que aun persiste en la población. Yo anteriormente me he referido a la ciudad atlántica de Colón como “el corazón roto de Panamá”, esa otrora “tacita de oro” que fue la capital comercial y cultural del país hasta que todo se pasó a la capital formal de Panamá después de la Segunda Guerra Mundial.
La visión del director no es pesimista, y los comentarios de los entrevistados no hacen más que exaltar lo que es suyo, lo que han mantenido, a pesar de que muchos solo vean escombros o nada digno de interés.
Luis y Louis
La persona que iluminó esta historia no fue el virtuoso y amigable Danilo Pérez, sino más bien un abogado llamado Ariel René Pérez Price. Él ahora ha publicado dos libros donde se revelan las profundas e intrínsecas conexiones de Panamá y el surgimiento del jazz en Estados Unidos en las décadas de 1920 y 1930. En 2021 el autor publicó Pionero: La historia de Luis Russell, seguido en 2024 por Ensayos Diaspóricos del caribe panameño y los orígenes del jazz.
La tesis de ambos libros es esta: músicos panameños de Bocas del Toro, criados con la rica y estricta musicalidad de sus iglesias, se foguearon pianos y trompetas y aprovecharon los frecuentes viajes en barco de Panamá a Nueva Orleans para migrar a Estados Unidos, conseguir trabajo como músicos de salones y clubes nocturnos, y estar en el epicentro de la creación de un nuevo género musical. La escena de la época eventualmente los llevó a las ciudades grandes de Chicago y Nueva York, donde ahí sí formalizaron sus carreras musicales y trascendieron, todo sin perder su amor y conexión con su país natal.
La figura que resalta del resto, aunque definitivamente no es la única y Romero así lo muestra, es Luis Russell, bocatoreño hijo de jamaiquino metodista que era tan bueno en el piano que se convirtió en el arreglista y colaborador del gran Louis Armstrong, trompetista considerado como pionero y gran exponente del nuevo género del jazz. Russell hizo su carrera en Estados Unidos, codeándose con todos y siendo apreciado por todos. El hecho de mantener la escritura latina de su nombre, Luis, aún estando en el extranjero de habla inglesa, es una señal de su orgullo e identidad panameña.

Imagen trabajada digitalmente de original por el equipo de produccion.
En Soñar el Jazz Romero entrevista a su hija y a músicos e historiadores que están claros con su aporte, al igual que de su presencia por debajo del radar en la narrativa tradicional sobre que el jazz es un invento 100% estadounidense. Para muestra un botón: Strange Fruit, la balada triste cantada por Billie Holiday en respuesta a un violento linchamiento de un negro en sur de ese país, tiene una introducción de piano compuesta e interpretada por un panameño, Sonny White. ¡Esto pasó en 1939!
La producción del documental, liderada por la hoy laureada cineasta Xóchil Vergara (Nosotras las niñas), recorre las calles de Nueva Orleans de una manera que muestra cómo se verían las ciudades de Colón y Bocas si su bella arquitectura tropical colonial hubiese sido debidamente preservada. La comparación es obvia y triste, sobre todo si se sabe que a pesar de lo pintoresco de la ciudad sureña todavía es rezagada de muchas formas por su población predominantemente negra y criolla. O sea, no blanca. El desastre hace unos años del huracán Katrina expone bien este caso.
Romero avanza en el tiempo y destaca a los descendientes musicales de Russell y su combo, como el trompetista Vitín Paz, el flautista Mauricio Smith y el saxofonista Carlos Garnett, el cual incluso llegó a grabar con el que es considerado el máximo exponente del jazz de la historia, Miles Davis. El baterista Billy Cobham también habla, un ícono internacional de su instrumento que, al igual que sus colegas, desarrollo un estilo propio y técnicas avanzadas para su época. La cantante Bárbara Wilson es recordada con cariño, y su espíritu vive en exponentes actuales como Idania Dowman, quien también da su testimonio.

Garnett, Dowman y otros exponentes del jazz en una escena del documental.
El documental empieza y termina con estudiantes de la Fundación Danilo Pérez exaltando el género del jazz, y en un momento Romero junta en un estudio a la vieja guardia del jazz aún viva, con Garnett todavía presente (murió en 2023), para un coloquio donde todos compartieron sus raíces y logros. Como todo proyecto independiente hecho con fondos privados y con concursos del gobierno, Romero y Vergara navegaron este proyecto durante ocho años hasta verlo terminado.
Coincidentemente, unos meses antes en esa misma sala de cine del Museo del Canal en Casco Viejo pude ver el largometraje de ficción Brown de 2025, donde se muestra la vida, éxito y desgracia de Panamá Al Brown, el negro colonense que fue el primer campeón mundial del boxeo latinoamericano. La película es buena y enseña cómo Brown batalló contra el racismo, clasismo y sexismo de la época manteniendo su integridad y frente en alto. Al terminar la proyección, al igual que en el caso de Soñar el Jazz, unos panameños se levantaron y dijeron “¡Esta película debe ser mostrada y vista por todo el país!”, “¡Qué orgullo ser panameños con personas como estas!” y “¡Esta historia es importante!”.
Yo comparto con ellos este orgullo. Romero, en el conversatorio después del filme, comentó que la identidad panameña está destinada a ser híbrida, una mezcla de cosas y no una sola, y que el aporte afroantillano y negro es tan importante como el europeo, el mestizo, el chino y demás culturas presentes en los genes de nuestra población.
Estados Unidos se vanagloria de decir, con justa razón, que sus principales aportes culturales al mundo han sido los géneros musicales del blues, el góspel, el rock ‘n roll y, finalmente, el jazz. Todos ellos tienen raíces afrodescendientes. Y ahora sabemos que el jazz también tiene raíces panameñas, presentes en su origen y en su actualidad.
Danilo Pérez ha honrado a Russell en su festival, y él sin duda ha logrado en vida una popularidad que el bocatoreño también pianista nunca tuvo. En otro conversatorio el año pasado con el autor Pérez Price, él comentó que se estaba presentando una propuesta, impulsada por Danilo, para hacer que el cumpleaños de Russell sea conmemorado como un día donde se celebre este género musical y su aporte a la cultura mundial.
Termino diciendo, como músico semiprofesional que también soy (16 discos grabados con diferentes grupos de rock en una “carrera” de 30 años), que el jazz no es para todos. Como la poesía, que describo como lo más elevado de la literatura y el lenguaje, el jazz es la música más elaborada, libre y compleja que un músico puede tocar. De los miles de personas que van al Panamá Jazz Festival, sobre todo al concierto gratuito en el Cuadrángulo de la Ciudad del Saber (antes el Soldier’s Field de la base militar de Clayton), muy pocas son jazzeras en realidad. Y dentro de la comunidad musical los jazzistas son considerados como snobs tanto como héroes.
Digo esto solo para señalar que los músicos del jazz nunca serán tan populares, gustados y reconocidos masivamente como los cantantes del pop, o del reggae, o del urbano, o incluso del rock. Los músicos y fanáticos entienden el valor del jazz y los jazzistas, pero explicarle esto a la persona promedio toma tiempo.
Soñar el Jazz, espero yo, ha de abrir un poquito la mente de la masa a este entendimiento, destacando el legado de Russell y otros panameños de Colón y Bocas, al igual que la riqueza y profundidad del jazz.
