¿Por qué los panameños, viviendo en un país tropical, nos vestimos de más?
Hace poco, editando una novela policiaca de un escritor joven, marqué en su texto una línea en la cual un personaje que iba a cometer un asesinato en un lugar público se había disfrazado o encubierto vistiéndose “de turista”: una camisa floreada de manga corta, un sombrero estilo Panamá, bermudas, lentes de sol. Destaqué esa parte porque, aunque se entendía lo que el escritor quería decir, había un subtexto y un contexto de fondo de los cuales yo no sabía si él estaba consciente, pero que yo venía rumiando y analizando desde hace un tiempo.
El subtexto es, ¿acaso todos los turistas se visten igual en todos lados? Y el contexto: ¿por qué insistimos en usar en nuestro día a día pantalones largos, sacos, camisas de vestir, mucho maquillaje y prendas acaloradas cuando aquellos que nos visitan de latitudes más templadas evitan todo eso cuando llegan aquí?
Sin ponerme muy denso, creo que esto tiene que ver con colonialismo e idiosincrasia. Cuando se creó la República de Panamá en 1903 los “padres de la patria” eran colombianos (o istmeños) criollos descendientes de españoles, de clase media o alta, educados en Europa o Estados Unidos. En ese entonces ellos decidieron reforzar nuestra conexión con España, desdeñando todo lo indígena, lo afrodescendiente y todo lo que no fuera propio de la “civilización occidental”. En ese sentido, el vestirse “bien” y ser “correcto” implicaba ciertas reglas de propiedad y “buen gusto” en el cual la formalidad al vestir era preferida tanto en hombres como en mujeres.
Más de 100 años después arrastramos eso con leyes o restricciones locales de no poder entrar a ciertos edificios de oficinas estatales en shorts o chancletas, o incluso faldas o prendas muy cortas. Por eso bromeamos sobre burócratas de “saco sudado” haciendo sus labores. Por eso la actual ministra de educación –una mujer negra– señala que no todos los peinados de cabello afro son permitidos en los salones de clase por ser “poco saludables”.
Conforme Panamá le apuesta al turismo como una industria pujante para fortalecer nuestra economía, recibiendo cada año millones de turistas (¡y todavía no suficientes!) de todos lados, pero sobre todo de Norteamérica (Estados Unidos, Canadá) y Europa, ya es común ver a gente blanca caminar por las calles de nuestra ciudad capital vistiendo adecuadamente para un clima tropical con una humedad promedio del 98% y temperaturas de más de 30 grados centígrados. O sea: shorts, bermudas, sandalias, camisas de telas como algodón o lino, sombreros o gorras para proteger contra el sol.
Siendo un residente de esta ciudad yo me dije, “Hey, ¿por qué esas personas sí pueden vestirse cómodamente y andar cool (literal) por ahí, mientras nosotros ’tenemos’ que vestirnos ‘bien’ todo el tiempo?”.
Los zonians o zoneítas, aquellas personas nacidas en la ex Zona del Canal y criadas entre Panamá y esa “quinta frontera” ahora desaparecida, sin ser turistas, también captaron el dato. Aunque ellos fueron criados por militares o civiles estadounidenses, lo cual ya implica cierto rigor o propiedad de conducta, ellos tomaron lo mejor de dos mundos en su particular idiosincrasia: ser cumplidos en sus trabajos, obedecer las leyes, y disfrutar de la naturaleza y el estilo de vida tropical más relajado de este país rodeado de mares y ríos. Un zonian se identifica por su piel blanca y ropa cómoda, como camisas y vestidos cómodos de estampados floreados, sandalias, y pantalones cortos, tanto como por su amor por la naturaleza.
Post pandemia, en esta nueva era de moda más casual, trabajo remoto y reuniones vía Zoom, la formalidad al vestir se ha hecho menos obligatoria. Ahora es más común ver a mujeres en zapatillas en vez de tacones, o con maquillajes más naturales y menos pesados. Ahora los hombres, si la oficina se los permite, ya no tienen que ir siempre de saco y corbata, de hecho cada vez se ven menos corbatas incluso en un espacio corporativo.
Todo esto me ha llevado, como panameño que también usa su vestir como una expresión de su personalidad, a usar más sandalias y pantalones cortos para más ocasiones, sobre todo las menos formales. Sí, todavía no he de ir a una boda sin calcetines en mis pies (¡incluso si es en la playa!), o a un evento importante de trabajo o social, pero yo siempre pienso en personas de países como Tailandia o Birmania, usando sarongs o pareos con camisas y, dicho en panameño, chancletas de vestir, para cualquier ocasión. ¿Por qué ellos sí y yo no?
Aquí en Panamá incluso tenemos culturas alternativas y rockeras “góticas” que llevan a adolescentes y adultos a usar ropa negra, pantimedias texturizadas, gabardinas, blusas pesadas o prendas con encaje, en las que ellos sufren por su look sin mayor reparo. Yo los respeto a ellos, pero también pienso en cómo podrían adaptar su estética a un entorno donde el sudar es parte del paquete.
Cuánto disfrutamos el ir a otros países solo para usar “ropa de invierno”, la cual “viste más” pero que en realidad solo nos es práctica para ese momento. Por otro lado, tenemos expatriados y migrantes que compran propiedades y se mudan a Panamá solo para no tener que lidiar con el frío, con la nieve y con las tediosas capas de ropa que esto implica. He conocido extranjeros aquí a los que nunca se les ocurriría usar jeans, medias o incluso leggings en estas temperaturas. Yo los escucho, me río, y luego me quedo pensando.
Así que ahora, si me ves por la calle con mi camisa “hawaiiana”, bermudas khaki y sandalias tipo Birkenstock (¡sin medias, por favor!), puedes decirme de joda que ando vestido de turista, o de zonian, o que estoy de vacaciones. Y yo solo te diré que estoy vestido de mí mismo, y que poco a poco estoy reconociendo más mi identidad panameña y reflejándola en mi apariencia. Es inútil luchar contra nuestra tropicalidad, algo peor es rechazarla.